 |
Ilustrado por mi amigo Rafael D'Arcangelo |
Cuando me desperté ya el olor del café impregnaba toda la
habitación, Gertrudis, mi ama de llaves, había dejado mi taza de Star Wars
humeante y repleta junto a unas tostadas untadas con mermelada, jugo de
arándanos, jamón serrano y huevos escalfados, sobre la mesita del balcón que da
hacia los jardines. Junto a esa mesita en una canasta reposaban ejemplares de
varios periódicos los cuales prestaban al ambiente un leve aroma a tinta
fresca. Me levanté tomando mi albornoz de seda negro y mis pantuflas de Darth
Vader, y fui a sentarme en el balcón a saborear el café que tan divino
preparaba Purita, la cocinera, toda una vida con la familia.
Probé el café y aunque no me supo tan bien como todos los días,
ignoré el asunto porque algo llamó mi atención en los jardines. Manuel, el
viejo y dedicado jardinero quien estaba trayendo a su hijo Ramón a trabajar con
él para que aprendiera el oficio lo reprendía a gritos y coscorrones. El
muchacho, Ramón, un adolescente muy delgado, de unos 12 años tal vez, se cubría
la cara con las manos mientras el que yo creía muy amable Manuel le insultaba y
le daba bofetadas, le decía:
“¡Mira tú muchacho inútil, estúpido, animal, te dije que así no se podaban los
rosales, quieres que me boten, idiota, pareces retrasado mental, no sirves pa
un c....!”
Quise hacer caso omiso de la reprimenda que el jardinero
emprendía contra su hijo, total, son cosas de plebeyos, gente del pueblo… me
puse los audífonos e intenté otro sorbo de café, pero esta vez sí me desagradó
enormemente su sabor diferente, aguado, asqueroso… “¡GERTRUDIS!” Grité y la
imbécil esa apareció de inmediato diciendo. “Mande señor…”
“Se puede saber quién hizo este café de porquería que sabe a diablos!”
“Ay Señor, Su Alteza, Su Majestad esa fue la Purita, usted sabe que yo no me
meto en la cocina”
“Pues ve y le dices a esa vieja inútil que está botada, y le dices a Jackson
que contrate a un chef y a un barista que sepa hacer café, pero es ya!”
Minutos más tarde Gertrudis le daba la noticia de su despido a Purita.
“Mira niñiiia, que manda a decir el Amo que recojas tus cachachás y tos tus
macundales y te me vas, estás botada mija”
Purita que tenía como 120 años se arrugó aun más y envejeció otros cuarenta
mientras escuchaba la sentencia de la altanera Gertrudis.
“¡JAAACKSOOON! -gritó el ama de llaves- que dice el amo que contrates un chesss
y inmediatamente pero eso es pa´ya!”
El chofer corrió raudo a ejercer su contingencial labor de jefe
del departamento de personal, la cocinera con su vida entera guardada en un
bolsito tricolor dejó la mansión, Gertrudis llamó a una empresa de catering
para ordenar trajeran un barista mientras yo me intentaba aislar del momento
desagradable de los gritos del jardinero y la incompetencia de la cocinera, me
dispuse a escuchar a Chet Baker y a leer el wall Street Journal.
Cuando desperté, ahora sí de verdad; eran las 6:30am… tenía que
volar pues en una hora debía aplicar un examen en la Universidad, el tema era
algo que subyacía en el inter texto del sueño que acaba de tener; EL
TOTALITARISMO, el poder político desde las perspectivas de Hannah Arendt y
Michel Foucault.
Ni jugo de arándanos, ni albornos de seda negra, ni barista,
tenía que hacer mi cafecito sencillo y comerme un pan a la carrera, esperar que
el tráfico fuese benevolente y llegar a tiempo para aplicar la prueba/ensayo.
Mientras aceleraba las rutinas matutinas fui pensando que en el sueño había
otros elementos que orbitaban con el tema del poder, del totalitarismo, de cómo
somos capaces de ser unos pequeños dictadores cuando un mínimo número de
condiciones se nos dan, cómo es de sencillo, por ejemplo, que un portero se
constituya en el déspota que cuida las puertas de Micenas, el Cancerbero, un
pequeño Pérez Jiménez con todo y fans, si se le permite, y más, si sus acciones
se justifican y son normalizadas.
Sí, de esto se trata, considero que dentro de cada uno de
nosotros habita un “pequeño tiranito” que puede salir a flote en cualquier
momento y en cualquiera de nuestras relaciones, en el trabajo, con la pareja,
con los hijos, con los padres, entre socios, con colegas... Ahí donde se nos
olvida que funcionamos socialmente con normativas que nos equiparan en derechos
y deberes no obstante las posiciones, jerarquías, profesiones y demás roles
sociales, en tanto ese principio llamado Estado de Derecho se hace difuso y se
colma de opacidad, el pequeño Donald Adolfo Stalin Chávez (así se llama) que
nos habita, hará su aparición para ejercer su instinto totalitario y despótico.
En mi opulento y oligárquico sueño aparecía un padre maltratando
a su hijo, so pretexto de reprenderlo/educarlo, yo, en mi mejor versión de
millonario mentepollo empantuflado con cotizas de Vader, la emprendía con una
cocinera anciana por haber dejado un café maluco, la mandaba a botar
humillándola a través de Gertrudis, la también onírica cachifa, la misma que
luego, sin ninguna sumisión se poseía del rol de mayoral con látigo y repartía
órdenes e insultos a diestra y siniestra. Cada uno ejerció su papel de agresor,
de tirano con poder absoluto, y menos mal que desperté, pues de transcurrir
cinco minutos más en el sueño, seguramente me hubiese tenido que enfrentar a
Yeison Aleisis, el bisnieto de Purita que indignado me haría pagar en una
esquina cayéndole a tiros a mi limusina desde su moto Bera, y fin de mis sueños
de magnate.
Insisto, si se nos permitiese todos elegiríamos por los demás de
nuestro entorno, abusaríamos de nuestro poder, nos impondríamos para
privilegiar nuestros deseos, opiniones, pareceres.
Pero, ¿qué puede evitar esto? Qué puede prevenir que se nos
salga el pequeño Fidel que habita agazapado en nuestro inconsciente. La idea de
Foucault puede ayudar, él dice que El Poder ni es estático ni le pertenece a
alguien, el poder circula, todos tenemos parte de un poder y decidimos cederlo
o no somos lo suficientemente organizados o fuertes para mantenerlo.
Arendt había dicho, que los grupos políticos nacionalistas, de
derecha o izquierda con pretensiones totalitarias se habían hecho del poder en
momentos coyunturales dadas condiciones de precariedad en el ámbito institucional,
en momentos de crisis del tejido social, en momentos de crisis de la moral
colectiva. Y una vez en el poder, cambiaron las leyes (¿les recuerda alguien o a algún país en 1998?)
así pues, la autora insiste en que una vez con el cambio del estamento legal, la pérdida
de derechos y el subsecuente abuso cometido por el grupo dominante al cual se le hizo
expedito y sencillo emprender procesos terribles como lo fueron el apartheid, los Gulags y
la Solución Final.
Qué planteo, cuando le pregunten qué quiere comer, por favor
elija, cuando le pidan opinión, dígala, cuando no se la pidan, diga, un
momento, por qué no me preguntaron, no normalice procesos abusivos. Si el
gobierno no ejerce su labor, proteste, si el gobierno viola sus derechos, usted
debe rebelarse. El profe por ser el profe, el padre por ser el padre, el marido
o la esposa, o el arrendador, el presidente, ninguno tiene derecho a socavar su
dignidad, a suspender o derogar sus derechos, a mancillar su honor ni su
integridad física y moral.
Si es cierto que el poder circula, también es cierto que es tremendamente
difícil hacer respetar la dignidad de una persona o población luego que ésta la
ha cedido o se le ha arrebatado por la fuerza, coacción o por tradición su
derecho al disenso, a la crítica, a la expresión. No debe permitirse andar
suelto al pequeño dictador que nos habita, uno mismo debería poderlo controlar,
pero si no, está en el otro el ponerle las barreras necesarias.
Illich